—Quiero el divorcio —repetí. Y no levanté la voz, ni lo dije con rabia.
Y precisamente por eso… dolió más.
Sebastián no respondió de inmediato.
Se quedó completamente quieto, mirando hacia adelante, con las manos aún sobre el volante, como si no hubiera procesado lo que acababa de escuchar.
O como si no quisiera hacerlo.
—No digas eso —murmuró al cabo de unos segundos.
Cerré los ojos un instante.
—No te estoy preguntando —respondí, con la voz baja pero firme—. Te lo estoy diciendo.
Giró la cabe