No dormí bien esa noche.
No fue por pesadillas ni por pensamientos que daban vueltas sin parar. Fue algo más sutil, la sensación de que algo dentro de mí se estaba moviendo, despacio, como si estuviera recolocando piezas que llevaban años en el mismo sitio. Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen de Sebastián arrodillado frente a mí, sin orgullo, sin máscara. Y cada vez que la veía, algo en mi pecho se contraía.
Por la mañana, el ático seguía en silencio, pero ya no era el mismo silencio p