Me quedé quieta un rato más, escuchando el latido pausado de su corazón bajo mi mejilla. El sol ya empezaba a entrar con más fuerza por las rendijas de las cortinas, pero yo no tenía ninguna prisa por moverme. Ese minuto se convirtió en cinco, y los cinco en diez. Era como si mi cuerpo se hubiera negado a obedecer a mi mente esa mañana.
Finalmente, Sebastián se removió. Su respiración cambió, volviéndose más consciente. Sentí cómo su mano, todavía sobre mi espalda, se tensaba ligeramente al dar