A las ocho y media de la mañana siguiente, bajé al lobby del Ritz. Apenas si había dormido. Sentía los ojos hinchados, como si hubiera pasado la noche llorando en vez de quedarme mirando el techo con la mente en blanco. Pedí un taxi y me dirigí a las dependencias de la PSP en el barrio de Baixa.
El edificio gris parecía aún más sombrío bajo la luz de la mañana. Entré en silencio. En la recepción, un agente me atendió con profesionalidad fría. Me hicieron esperar en una sala pequeña con sillas d