La mañana llegó como un intruso, gris y fría, filtrándose por las cortinas del ático con una luz que no invitaba a levantarse. Me desperté con un sobresalto, como si mi cuerpo hubiera estado en alerta toda la noche, esperando algo que nunca llegó. La almohada de Sebastián aún conservaba su olor, pero ya empezaba a desvanecerse, igual que la esperanza de ver su nombre iluminando la pantalla del teléfono.
Lo primero que hice fue agarrar el móvil. El chat seguía exactamente igual: mi mensaje largo