El ático parecía demasiado grande sin él.
Habían pasado apenas unas horas desde que el coche de Sebastián desapareció entre el tráfico, pero el silencio ya se sentía como una presencia pesada, tangible. Me había duchado, me había puesto el pijama más suave que tenía y ahora estaba sentada en el borde de nuestra cama king size, con las luces tenues del dormitorio encendidas y el teléfono en las manos.
Camila se había marchado hacía veinte minutos después de asegurarse de que comiera algo más