El resto de la mañana transcurrió en una especie de niebla tensa. Después de la discusión en el despacho de Sebastián, regresé a mi escritorio con las mejillas aún calientes y el corazón latiendo con fuerza. Camila no levantó la vista cuando pasé a su lado, pero sentí su presencia como una sombra ligera y perfumada que se había colado en nuestra burbuja. No dijo nada. Ni una palabra. Solo tecleaba con esa elegancia silenciosa que empezaba a sacarme de quicio.
Sebastián salió de su despacho un p