El miércoles amaneció con una lluvia fina que golpeaba los ventanales del apartamento. Sebastián se levantó primero, como siempre, y preparé el desayuno en silencio mientras él revisaba las noticias en su tablet. Ninguno de los dos mencionó a Camila. Era como si hubiéramos acordado tácitamente no hablar de ella fuera de la oficina, aunque ambos sabíamos que ocupaba demasiado espacio en mi cabeza.
Llegamos juntos, como de costumbre. Camila ya estaba allí cuando entramos. A las 6:47, exactamente