El olor a tomate y orégano flotaba por toda la cocina. Sebastián removía la salsa con movimientos lentos, casi mecánicos. Se había puesto el delantal floreado de mi madre y, en cualquier otra situación, me habría hecho reír. Pero ahora solo podía pensar en esa vibración del teléfono y en cómo su cara había cambiado en una décima de segundo.
—¿Seguro que era solo trabajo? —pregunté mientras ponía la mesa.
Sebastián tardó un poco en contestar. Demasiado.
—Sí —dijo al fin, sin mirarme del todo—. N