La luz del amanecer se filtraba tímida por las cortinas entreabiertas. Había dormido poco, pero por primera vez en semanas, el sueño había sido profundo, como si el peso que llevaba dentro se hubiera repartido entre los dos.
Sebastián seguía dormido a mi lado, boca arriba, con el brazo extendido sobre mi cintura de forma posesiva incluso en sueños. Su respiración era lenta y regular. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si ni siquiera descansando lograra soltar del todo la tensión.
Me quedé