No me moví. No podía. Una parte de mí quería apartarse, recuperar el espacio, poner distancia y fingir que esto no estaba pasando. Pero otra parte, más traicionera, más honesta, se quedó quieta, absorbiendo la sensación. Era… reconfortante. Demasiado. El peso de su brazo me anclaba, su respiración me arrullaba de nuevo, y por un segundo absurdo me permití imaginar que esto no era un contrato, que no era una farsa. Que simplemente éramos dos personas que, en la oscuridad de las cinco de la mañan