Aquella mañana, Alma llegó al hospital con el rostro pálido y el cuerpo agotado.
Había dormido poco la noche anterior. El embarazo comenzaba a pesarle más de lo que esperaba, y su mente tampoco encontraba descanso. Cada vez que cerraba los ojos, los pensamientos regresaban como una tormenta: Elías, sus silencios, las llamadas breves, las excusas constantes.
Él la había llamado la noche anterior.
Había dicho que estaba muy ocupado en el trabajo y que no podía visitarla.
Alma había respondido con