Alma retrocedió unos pasos, sus ojos se agrandaron y su respiración se entrecortó. La confusión le nublaba la mente, y por un instante sintió que todo se derrumbaba a su alrededor.
—Eso… señor Sengal… ¡eso es imposible! —dijo, con la voz temblorosa—. No puedo… no debo…
Elías la observaba con calma, con ese porte seguro que siempre lograba desarmarla. Se acercó unos pasos y luego se detuvo, dándole espacio para respirar.
Su mirada era intensa, casi implacable, pero había algo en ella que lo hacía