—Elías, no juegues —dijo Alma mientras se apoyaba en la mesa de la cocina—. De verdad tengo muchas náuseas. Lo mejor es que te vayas.
Su voz sonaba cansada. Desde que había despertado esa mañana, su estómago parecía estar completamente revuelto. El simple olor de algunos alimentos hacía que el malestar regresara con fuerza.
Elías ni siquiera consideró marcharse.
Estaba de pie frente a la encimera, con las mangas de la camisa ligeramente remangadas. La miró con tranquilidad, como si aquello no fu