—¿No hay una sola esperanza?
La voz de Lucero tembló al hacer la pregunta. No era una exigencia, era una súplica. Sus manos estaban unidas frente a su pecho, como si necesitara sostenerse de algo para no caer.
Gabriel negó con la cabeza.
No dijo nada más. No hacía falta. Su silencio fue más duro que cualquier palabra.
Lucero retrocedió un paso. Sintió que el aire le faltaba. Salió de la habitación sin mirar atrás y, cuando cruzó el pasillo, ya no pudo contenerse. Se cubrió la boca con la mano p