LIDIA
Pensaba que aún podía tocarlo, aunque fuera un instante.
Pensé que solo tendría que susurrar, sonreír, y él se doblegaría.
Pero nada se doblega. Nada cede.
— Ezran… murmuro, cada sílaba temblorosa, pero decidida.
Sus ojos buscan los míos, suplicantes, amenazantes, pero sobre todo perdidos.
— No lo entiendes… yo… es nuestro hijo. Merece…
Siento a Ezran retroceder un paso, con la mandíbula apretada, la mirada dura como el acero.
El fuego de la chimenea ilumina sus rasgos, pero no suaviza na