MARIUS
Me alejo de espaldas, con la respiración entrecortada, los músculos tensos. Cada paso me hace sentir el peso del vacío entre yo y Gracias. Pero cuanto más retrocedo, más una ira sorda me invade. No puedo irme. No ahora. No mientras ella esté ahí, tan cerca e inaccesible.
Me detengo. Giro la cabeza hacia la puerta. Los dos policías aún me observan, impasibles. Sus miradas son barrotes. Y de repente, una idea ardiente atraviesa mi mente: no me iré. Debo cruzar este umbral, de cualquier man