MARIUS
Me hacen sentar en una sala con paredes pálidas, casi deslumbrantes. Sin ventana, solo una mesa de metal y tres sillas. El aire está saturado de un olor a café frío y desinfectante. Un neón chisporrotea en el techo, lanzando una luz cruda que borra cualquier matiz en los rostros.
Un policía cierra la puerta detrás de mí. El golpe seco resuena como una condena. Tengo la impresión de ser absorbido por un túnel estrecho, sin salida. Mis dedos se entrelazan nerviosamente sobre la mesa. Mis p