GRACIAS
La luz entra sin ruido, medida, como si ella también dudara en atravesar lo que queda de otro mundo. Abro los ojos lentamente. Cada latido me recuerda la noche anterior, los gritos, el vacío. El olor a desinfectante, el zumbido mecánico, la respiración de Ezran: todo tiene la claridad de un hecho constatado. Aquí no hay curación.
Él está sentado, inmóvil, las manos hundidas en sus rodillas. Su rostro está marcado por el insomnio; sus rasgos llevan la sequedad de quien ha sido testigo de