LIDIA
Me deslizo hasta una silla y me desplomo en ella como una muñeca de trapo a la que le han cortado los hilos. Mis dedos tiemblan alrededor de un pañuelo, que arrugo sin pensar. Quisiera levantarme e ir a la habitación, acercarme a Gracias, tomar su mano, sentir su pulso. Pero algo me detiene: el miedo a ser una intrusa en esta fragilidad, el miedo a ver la mirada de los médicos, los tubos, la línea intravenosa.
Pienso en cómo la vida a veces se construye en gestos minúsculos, pequeños ritu