Apenas amanece y la casa ya parece habitada por una luz menos extraña. Las habitaciones toman aliento, las sombras se alargan. Ezran me ha pedido que me quede. Dijo que debía conocer cada rincón, que la casa debe serme familiar antes de que se convierta en nuestra. Recorro los pasillos con paso medido, como si cada puerta que cruzo consagrara un poco más este lugar a nuestro futuro.
Encontramos la cocina a primera hora de la mañana. Ha preparado café, un ritual simple que me calma por su banalidad y me tiende la taza como una ofrenda. Sus gestos ya no son solo los de un hombre poderoso, sino los de un compañero que cuida. Nos sentamos cara a cara, y por primera vez en semanas, la conversación no gira en torno a estrategias o prohibiciones.
Me mira, serio, fortalecido por una decisión tranquila.
— Hay algo, dice. Preferiría que no me trates de usted.
La frase cae sin énfasis, casi tímida en su sinceridad. Suelto una ligera risa, sorprendido por la extrañeza de esta intimidad que recla