GRACIAS
El coche avanza en silencio, un silencio cargado de incógnitas. La ciudad se despliega tras las ventanas tintadas, sus luces titilantes como luciérnagas atrapadas en la noche. Me atrevo a apenas preguntar a dónde me lleva. Ezran no habla, pero su mano descansa cerca de la mía, al alcance, como un hilo invisible que me impide ceder a la panique.
Cuando dejamos la avenida, entiendo que vamos más lejos que los barrios habituales. Más alto. Más aislado. Las rejas de un majestuoso portal se