GRACIAS
El coche avanza en silencio, un silencio cargado de incógnitas. La ciudad se despliega tras las ventanas tintadas, sus luces titilantes como luciérnagas atrapadas en la noche. Me atrevo a apenas preguntar a dónde me lleva. Ezran no habla, pero su mano descansa cerca de la mía, al alcance, como un hilo invisible que me impide ceder a la panique.
Cuando dejamos la avenida, entiendo que vamos más lejos que los barrios habituales. Más alto. Más aislado. Las rejas de un majestuoso portal se abren a nuestro paso, sin ruido, como si ya reconocieran su llegada.
El coche se detiene frente a una amplia morada de fachadas claras, iluminadas por las linternas del jardín. No es un palacio ostentoso, sino una casa que respira solidez, calma, protección.
Él desciende primero, luego me abre la puerta, un gesto simple, casi galante.
— Ven, dice suavemente.
Mis pasos resuenan en el camino de piedra. El aire huele a jazmín y tierra húmeda. Dentro, la morada se revela: techos altos, inmensas ve