GRACIAS
La noche es nuestro capullo, un terciopelo negro envolviendo el mundo. El fuego ya no es más que cenizas al rojo vivo, y el silencio de la casa es tan profundo que oigo el ligero silbido del aire pasando entre los labios de Ézran. Su pecho, ancho y firme, es mi almohada. Su brazo es un peso pesado y tranquilizador alrededor de mis hombros. Podría dormirme así, acunada por el ritmo lento de su corazón.
Pero sus dedos empiezan a moverse, trazando círculos lentos e hipnóticos sobre mi piel