GRACIAS
El despertar no es un timbre estridente, sino un pequeño peso que aterriza sobre mi vientre. Abro un ojo. Dos grandes ojos verdes, idénticos a los de su padre, me miran fijos a pocos centímetros.
—Mamá, es de día —anuncia Víctor con la solemnidad de sus tres años—. Tengo hambre.
Antes de que pueda responder, un grito alegre surge del pasillo, seguido de un ruido de carrera. Léonie, ya vestida con un atuendo multicolor que ha elegido ella sola, irrumpe en la habitación.
—¡Papá dice que l