Había repasado una y otra vez la conversación con esa hechicera. La forma en la que sabía cosas que no le había dicho, la forma en la que podía sentir mi dolor.
Y su oferta, ese ofrecimiento tentativo para unirme a ella. Lo había pensado demasiado tiempo para mi gusto, hasta nuevamente a media mañana volví a sentir ese dolor crudo y desesperado. Esta vez, aunque no estuve preparada, pude aguantarlo con más resiliencia, no porque doliera menos, sino porque el dolor ahora era bienvenido, necesita