Por Alice
Esa noche no pude ni comer.
Mis padres no me hicieron ningún comentario, no sé si notaron la presencia de Alberto en la vereda.
Estuve a punto de claudicar, de entregarme a sus brazos.
No sé si era una suerte o no, que se haya ido.
Tal vez si él hubiera estada aún en mi vereda, me hubiera defraudado a mí misma.
Me siento desgraciada.
No me comprendo.
Todo cambió cuando sentí nuevamente el sabor de sus besos.
Tal vez no queda más que encontrarlo en mis sueños, como me sucede cada noche al apagar la luz y mirar a través de las rendijas de la cortina, como una tenue luz se cuela en la habitación, es ahí, en esa soledad, cuando me meto ansiosa en su cama, para recibir sus besos y todo lo que sigue después.
Sin darme cuenta, tomé unos cuantos vasos de vino, apenas había comido, y la sensación de esa ligereza en mi cuerpo, aunque no curaba lo que sentía por Alberto, al menos no me dejaba pensar con tanta claridad en su amor.
Me desperté de madrugada, con un dolor terrible de cabez