Ivette Russell
Fue un gran alivio llegar a la mansión y encontrarme con la melodiosa risa de mi hija impregnando las paredes del cuarto de juego.
—Oh, hijos.
El anciano se apresuró a recibirnos.
—¿Están bien? —Colocó sus manos en nuestros hombros—. Estuve todo este tiempo de manos atadas. Y me avergüenza reconocerlo, pero cuando intenté solucionarlo, ninguno de mis comodines quiso aceptar mi petición.
René y yo nos vimos a la cara.
—No se preocupe. —Fui yo quien rompió el silencio—. Estamos bie