Secuestro

René Chapman

—Creo que lo mejor es que me vaya — dijo Julius, aclarando su garganta, después de varios segundos de incomodo silencio.

—Te llamaré luego —espeté, a modo de despedida.

—No digas nada —pronunció mi esposa, una vez estuvimos solos—. Solo… no digas nada.

Se veía totalmente devastada y yo me sentía como un malnacido por no consolarla.

—Las sorpresas contigo nunca van a parar, ¿Verdad? —espeté en cambio.

—No tuvimos el tiempo suficiente para conocernos. ¿Cómo puedes pretender que sea diferente?

—Tienes razón. —Asentí—. Y, sinceramente, creo que a estas alturas es demasiado tarde para ambos.

—¿Lo crees? —Sus ojos se veían llenos de ilusión.

Traté de disolver el nudo que tenía en mi garganta, antes de añadir:

—Estoy seguro de ello.

Vi como algo se fracturaba dentro de ella.

—En ese caso, permíteme ser egoísta una vez más.

—¿A qué te refieres? —pregunté con confusión.

—Firmaré los papeles del divorcio. Pero en cambio, tendrás que subirnos a mi hija y a mí a un avión y enviarnos
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