René Chapman
—Creo que lo mejor es que me vaya — dijo Julius, aclarando su garganta, después de varios segundos de incomodo silencio.
—Te llamaré luego —espeté, a modo de despedida.
—No digas nada —pronunció mi esposa, una vez estuvimos solos—. Solo… no digas nada.
Se veía totalmente devastada y yo me sentía como un malnacido por no consolarla.
—Las sorpresas contigo nunca van a parar, ¿Verdad? —espeté en cambio.
—No tuvimos el tiempo suficiente para conocernos. ¿Cómo puedes pretender que sea d