Ivette Russell
No mentiré, cuando escuché la voz de Mario, en verdad he quedado de piedra. Pero fue mucho más sorprendente aun, mirar a René empuñar una pistola y actuar de escudo humano para protegernos a mi hija y a mí.
¿Cómo podía dejarlo solo en un momento como este?
—¡René, René! —Grité casi sin aliento, a punto de caer desmayada.
—¿Qué? —El hombre nos miró con el entrecejo fruncido.
—¿Vas a dejarnos aquí?
—No tienes que preocuparte, Mario se encargará de…
—No. Iremos contigo. Somos tu muj