POV de Lucía
El silencio después de sus palabras se sintió más pesado que la amenaza misma.
Ya veremos.
Resonó en mi cabeza mucho después de que el consejero lo dijera, hundiéndose bajo mi piel como agua helada. No aparté la mirada de él. Me negué a darle esa victoria. Mis manos temblaban, pero mi espalda permaneció recta, el mentón en alto. El miedo recorría el vínculo como un ser vivo, pero debajo de él —profundo, obstinado, innegable— había algo más fuerte.
Desafío.
La mirada del consejero se detuvo en mí, afilada y diseccionadora, como si pudiera despellejarme capa por capa y decidir qué partes merecían quedarse. Nunca había odiado a alguien tan rápido, tan por completo.
«El Consejo no hace amenazas vacías», continuó con calma. «Tu existencia complica las cosas. Tu vínculo las complica aún más».
«No pedí complicar nada», dije. Mi voz me sorprendió incluso a mí: firme, controlada. «Pedí que me dejaran en paz».
Una leve mueca tiró de su boca. «Ya no pides. Ya no».
La mano de Santiag