La noche cayó sobre el departamento como una manta pesada. Anabela se encerró en su habitación sin decir palabra. Max se quedó en la sala, sentado en el sofá con la cabeza entre las manos.
El beso seguía quemándole los labios. El sabor de ella, la forma en que se aferró a su camisa, la desesperación en sus ojos... todo se repetía en su mente como un disco rayado.
"Maldición."
Sacó su teléfono. Miró la pantalla en blanco. Podía llamar a la Agencia. Pedir que adelantaran la extracción. Irse esta misma noche y terminar con esto de una vez.
Pero sus dedos no se movieron.
Porque una parte de él —la parte que había mantenido enterrada durante años— no quería irse.
Quería quedarse. Quería despertarse cada mañana y ver a Anabela preparando café. Quería escucharla reír. Quería protegerla no porque fuera su misión, sino porque ella se había convertido en algo más.
En alguien que importaba.
"Pero no puedes quedarte. Sabes que no puedes."
Su vida era la Agencia. Misiones encubiertas. Identidades