Max estacionó su auto frente a la mansión de Eleanor con ojeras que hablaban de dos noches sin dormir y barba de dos días que no se había molestado en afeitar, había esperado las veinticuatro horas que Eleanor le pidió, pero cada minuto había sido una tortura imaginando a Anabela llorando, pensando lo peor de él, destruyéndose con una imagen que no podía borrar.
Tocó el timbre esperando que Eleanor abriera, pero fue el mayordomo quien apareció con expresión incómoda.
—Señor Duarte, me temo que