Mundo ficciónIniciar sesiónEl edificio de López Financial Group se elevaba frente a Ziara como un gigante de cristal y acero. Aquel lugar imponía incluso desde la acera: impecable, moderno, intimidante. La clase de sitio al que ella jamás pensó pertenecer. La clase de sitio donde siempre imaginó que la mirarían con desprecio.
Y no se equivocaba. El primer día de trabajo llegó demasiado rápido. Pasó la noche anterior sin dormir, repasando mentalmente todo lo que sabía de contabilidad, organización administrativa, análisis financiero, manejo de datos. Sabía muchísimo más de lo que cualquiera imaginaba, pero su inseguridad se superponía a su talento. Esa mañana eligió la ropa más discreta que tenía: una camisa beige demasiado grande y una falda amplia negra que caía como una cortina. Ajustó sus enormes gafas, respiró hondo y entró al edificio luchando contra la ansiedad. La recepcionista de siempre la miró con sorpresa al verla pasar su tarjeta de acceso. —Ah, así que… sí te contrataron —dijo sin ocultar su incredulidad. Ziara bajó la mirada, asintiendo. —Sí… Empe– empezaré hoy. La chica soltó una risa corta. —Bueno, suerte. La vas a necesitar. El CEO no es precisamente amable. Ziara apretó los labios. Ya lo sabía. Nadie necesitaba recordárselo. Él había sido cruel incluso en la entrevista, aunque la hubiera contratado. No entendía por qué la eligió, pero tampoco iba a rechazar la oportunidad. Era su primer paso para dejar la mansión Moretti y valerse por sí misma. Subió al piso 35 en un ascensor silencioso, sintiendo el peso del nerviosismo en el estómago. Cuando las puertas se abrieron, el ambiente cambió. Todo era lujo, precisión, minimalismo. Los empleados caminaban rápido, vestidos con trajes impecables. Y todos la miraban. La figurita curvy, escondida tras una ropa demasiado grande y unas gafas enormes, caminando entre ellos como si hubiera entrado por error. Llegó al escritorio asignado, ubicado frente a la oficina principal. La encargada de recursos humanos, una mujer rubia y estricta, apareció con una carpeta. —Señorita Moretti, estas serán sus tareas básicas —le dijo, entregándole documentos—. Archivar, redactar informes sencillos, recibir llamadas, organizar agendas y preparar reportes diarios. El señor López detesta los errores. Ziara tragó saliva. —Entendido. —Y otra cosa —añadió la mujer, bajando un poco la voz—. No lo mire demasiado a los ojos. No le gusta. Mantén distancia y solo habla cuando te pregunte algo. Ella parpadeó. —¿Tan… así es? —Peor —respondió la mujer sin pestañear—. Y ten cuidado con su humor. Si algo lo molesta, se desquitará contigo aunque no sea tu culpa. Ziara asintió, sintiendo cómo el miedo le recorría la espalda como un cubo de agua fría. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta de la oficina del CEO se abrió de golpe. Yaniel López apareció, impecable como siempre. Traje negro, reloj de lujo, pasos firmes, expresión glacial. Su sola presencia callaba el piso entero. Y cuando sus ojos se posaron en ella… El desprecio fue tan evidente que le cortó la respiración. —Llegas tarde —dijo sin siquiera saludarla. Ziara miró el reloj desesperada. —P-pero son las… siete y cincuenta y nueve. Mi horario es a las ocho. Yaniel la miró como si hubiera dicho una estupidez. —Mi horario empieza cuando yo llego. Y yo llegué hace quince minutos. Así que, para mí, ya estás tarde. Un comentario humillante como bienvenida. Ziara bajó la mirada. —Lo siento, señor López. Él caminó hacia ella con pasos lentos, sin apartar esa mirada de hielo. Se detuvo tan cerca que el perfume costoso que llevaba la envolvió por completo. Un aroma amaderado, fuerte, masculino. Imponente. —No quiero excusas —espetó—. Quiero resultados. Se giró sin más, entrando a su oficina y cerrando la puerta de golpe. Ziara respiró hondo, intentando no temblar. Era su primer día… y ya quería llorar. Pero no lo haría. No allí. No frente a gente que ya la miraba como si fuera débil. Abrió los documentos. Se puso a trabajar. Concentración absoluta. El día avanzó con rapidez. Ziara archivó decenas de carpetas, digitalizó más de cien documentos y redactó correos para diferentes departamentos. Era meticulosa y rápida. Tenía talento de sobra para el trabajo. Pero cada vez que escuchaba la puerta del despacho abrirse, su cuerpo se tensaba. A media mañana, Yaniel salió de su oficina con una carpeta en mano. —Necesito que revises esto —le dijo lanzándola sobre su escritorio sin mirarla—. Y hazlo bien. No quiero que toques nada que no entiendas. Ziara la tomó, abriéndola. Era un análisis financiero complejo. Diagramas, movimientos internacionales, proyecciones de riesgo. Pero ella los entendió al instante. —Sí, señor López. Lo haré. Una compañera pasó por detrás de ella y murmuró: —Suerte, nueva. Eso es demasiado para cualquiera. Ziara no respondió. Se concentró. Y lo hizo. Cuando terminó, tocó suavemente la puerta de su oficina. —¿Qué? —respondió él desde dentro, sin levantar la vista. Ziara entró con timidez. —Aquí tiene el informe revisado. Yaniel tomó la carpeta, la abrió y comenzó a leer. Cada página que pasaba, sus cejas se alzaban un poco más. Cuando llegó al final, levantó la mirada hacia ella por primera vez sin expresión de rechazo. Sino… sorpresa. —¿Tú hiciste esto? —preguntó incrédulo. Ziara apretó las manos nerviosamente. —S-sí, señor. Solo corregí algunas proyecciones en la pagin— —Algunas proyecciones —repitió él, interrumpiéndola—. Has hecho en una hora lo que otros tardan un día entero. Ella tragó saliva. —Lo siento si… si me adelanté. —No —dijo él, frunciendo el ceño mientras cerraba la carpeta—. No está mal. Era lo más parecido a un cumplido que un empleado podía recibir de Yaniel López. Pero Ziara no sonrió. Sabía que él no la veía como parte del equipo. No. Él la veía como un obstáculo. Un recordatorio del acuerdo matrimonial. Una humillación viviente para él. —Puedes irte —ordenó él. Ziara salió, cerrando la puerta con suavidad. El resto de la mañana pasó de forma similar. Ella trabajaba en silencio, haciendo lo que le pedían, soportando las miradas de desdén de algunos compañeros. Pero lo peor llegó a la hora del almuerzo. La cafetería del piso 35 estaba llena. Todos los empleados comían en mesas amplias, conversando con energía. Ziara llevaba su pequeño tupper, escondido en su bolso, demasiado avergonzada para comer en público. No quería que la vieran masticar. No quería que se burlaran. Buscó la mesa más apartada posible y se sentó, intentando pasar desapercibida. Pero la mala suerte parecía seguirla como una sombra. —¿Y esta quién es? —preguntó una voz femenina cerca. Ziara alzó la vista. Dos empleadas la miraban de arriba abajo. —Creo que es la nueva —respondió la otra—. La que contrató el jefe. —¿En serio? —la primera rió—. ¿Eso? ¿Trabajando para el CEO? —Dicen que viene de familia rica —comentó la segunda—. Pero mírala. Está… no sé, descuidada. Ziara bajó la mirada, sintiendo el pecho apretado. Su comida ya sabía a ceniza. Cuando estaban por alejarse, una tercera empleada se acercó. —Oigan, ¿no saben quién es ella? —susurró con tono morboso—. La familia Moretti quiere hacer un contrato de matrimonio entre ella y el jefe. Las dos empleadas abrieron los ojos como platos. —¿¡Qué!? —¿¡Con ella!? Y estallaron en carcajadas. Ziara cerró el tupper con manos temblorosas. Se levantó. Tenía que salir de ahí antes de que las lágrimas la traicionaran. Caminó hacia el baño del piso 34. Un lugar donde nadie la conocería. Entró, cerró la puerta del cubículo y se dejó caer sobre la tapa del inodoro, tapándose la boca para no llorar en voz alta. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué estaba intentando? Yaniel la odiaba. Su familia la despreciaba. Sophia quería destruirla. ¿Por qué siquiera intentaba luchar? Porque era lo único que podía hacer. Porque no pensaba volver a ser la basura de la mansión Moretti. Porque quería… libertad. Después de unos minutos, se secó las lágrimas, respiró hondo y regresó a su escritorio. Se encontró con una montaña de documentos esperándola. Y con el propio Yaniel de pie, sosteniendo una taza de café. Su ceño se frunció al verla. —¿Dónde estabas? Ziara bajó la cabeza. —Fui al baño, señor López. —No necesito excusas —dijo él, y dejó la taza en su escritorio. La taza tembló y parte del café se derramó. Yaniel la miró con frialdad. —Límpialo. Ziara tomó una servilleta y lo hizo sin protestar. Él la observó durante unos segundos… con una expresión que ella no supo interpretar. ¿Lástima? ¿Arrogancia? ¿Curiosidad? No. Era algo más oscuro. Algo mezclado con rabia y control. —No te pongas cómoda —dijo finalmente, con un tono más bajo—. No estás aquí porque seas competente. Estás aquí porque mi familia quiere obligarme a casarme contigo. Y te lo advierto… —se inclinó un poco hacia ella—. Nunca voy a aceptar eso. Nunca voy a aceptarte a ti. Cada palabra fue un puñal. Ziara apretó la servilleta hasta arrugarla. —Yo… no estoy aquí por el matrimonio, señor López. Solo vine por un empleo. Él soltó una risa seca. —No me hagas reír. Tú y tu familia están desesperados por unir fortunas. Pero yo no voy a dejar que me arrastren a un matrimonio ridículo con… —la miró de arriba abajo con desprecio— …con alguien como tú. Ziara contuvo el temblor en sus manos. —Lo entiendo —murmuró—. Y no voy a obligarlo a nada. Yaniel la miró unos segundos más, como si quisiera desmenuzarla solo con los ojos. Luego dio media vuelta y regresó a su oficina sin decir nada más. Ziara respiró hondo, intentando recomponer su corazón… una vez más. Ese fue su primer día. El inicio del infierno. Pero también, sin saberlo, el inicio del fuego que, tarde o temprano, los consumiría a los dos.






