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El CEO que no quería mirarla

El segundo día de Ziara en López Financial comenzó con una ansiedad que le apretaba el pecho como un puño invisible. Apenas había podido dormir, con la mente reviviendo cada palabra de humillación que Yaniel le había arrojado el día anterior.

“Nunca voy a aceptarte.

Nunca voy a aceptar a alguien como tú.”

Había dolido. Mucho.

No porque esperara que él la tratara bien —eso sería pedir un milagro— sino porque ella llevaba años enamorada en silencio de ese hombre. Desde la primera vez que lo vio en una cena empresarial de sus padres adoptivos, cuando él aún estaba comprometido con Melania Grimaldi.

Recordaba cada detalle:

Su traje gris, su sonrisa suave (cuando aún la tenía), la forma en que tomaba de la cintura a Melania con cariño.

Eran perfectos juntos.

Eran la pareja que ella jamás podría ser: hermosa, elegante, delgada, admirada por todos.

Ziara solo había mirado desde lejos, sabiendo que ese tipo de amor no era para ella…

Y aun así, se enamoró.

Por eso dolía tanto.

Porque él representaba todo lo que ella soñó tener y nunca tuvo.

Pero no podía hundirse.

Estaba ahí por una razón: ser libre de la familia Moretti.

Se repitió esa frase como un mantra mientras entraba al edificio.

En la oficina, los empleados ya murmuraban.

La noticia del supuesto matrimonio arreglado entre ella y el CEO se había regado por todo el piso como pólvora.

Apenas dejó su bolso en el escritorio, dos empleadas se acercaron con sonrisas que parecían cuchillos.

—¿Eres tú la que quiere casarse con el jefe? —preguntó una, con voz empalagosa.

Ziara apretó los puños.

—No. Yo no quiero—

—Ay, por favor —interrumpió la otra—. Todo el mundo sabe que tu familia está presionando para eso.

—Y que Yaniel te detesta —añadió la primera, riéndose.

Ziara dio un paso atrás, respirando con dificultad.

No estaba acostumbrada a enfrentarse a gente así.

En su casa siempre se escondía.

Aquí… no podía.

Pero antes de que pudiera decir algo, la puerta de la oficina del CEO se abrió de golpe.

Yaniel López salió, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.

Las empleadas se enderezaron como si fueran estatuas de mármol.

—¿No tienen trabajo? —lanzó el CEO con voz helada.

Ambas tragaron saliva.

—Sí, señor —dijeron casi al unísono, alejándose de inmediato.

Yaniel la miró.

No con preocupación.

Tampoco con curiosidad.

Sino con molestia.

—Deja de causar problemas —le soltó.

Ziara entreabrió los labios, sorprendida.

—Yo no hice—

—Me da igual —la interrumpió—. Entra a mi oficina. Ahora.

Ella bajó la mirada y lo siguió en silencio.

La oficina de Yaniel era enorme, con ventanales que daban a toda la ciudad. El lujo estaba en cada detalle, pero lo que más imponía era la presencia del hombre que se paró frente a ella.

Yaniel cruzó los brazos.

—Te lo preguntaré por última vez —dijo con voz baja pero peligrosa—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

Ziara bajó la mirada al suelo, jugando con las mangas de su blusa larga.

—T-trabajar, señor López.

Él dio un paso hacia adelante.

—¿Y qué más?

—Nada más —susurró ella—. Solo necesito el empleo.

Yaniel apretó la mandíbula.

—No quiero que uses este trabajo como excusa para acercarte a mí.

Ella alzó los ojos, sorprendida.

—Yo… no estoy intentando acercarme.

—¿Entonces por qué permites que los demás crean que vas a casarte conmigo? —espetó él.

Ziara abrió los ojos, horrorizada.

—¡Yo no dije eso! Todos lo han supuesto. Y… y yo no lo niego porque… —tragó saliva— …porque me da vergüenza.

Yaniel la miró como si intentara leer su alma.

—Vergüenza —repitió, entrecerrando los ojos—. ¿Vergüenza de qué?

Ella respiró hondo, armándose de valor.

—De que piensen que yo quiero casarme con usted por interés. Cuando no es así.

Yaniel frunció levemente el ceño, como si no esperara una respuesta tan sincera.

—Aun así —dijo finalmente—, quiero que quede claro. No somos nada. No seremos nada. Y si mi familia insiste con ese matrimonio, será solo un trámite que yo mantendré en secreto para evitar que la gente piense que… —sus ojos la recorrieron con frialdad— …que terminé con alguien como tú.

Ziara sintió como si la hubieran atravesado con una lanza.

Pero no lloró.

No frente a él.

—Lo entiendo —logró decir—. Y no lo culpo.

Yaniel pareció sorprendido por esa respuesta.

—¿No me culpas? —preguntó, con algo que rozaba la incredulidad.

—No —susurró—. Usted tiene derecho a no querer un matrimonio así.

Yaniel tardó unos segundos antes de hablar.

—Perfecto. Entonces mantén distancia, cumple con tu trabajo y no me des motivo para arrepentirme de haberte contratado.

Ziara asintió.

—Sí, señor López.

Él le hizo un gesto con la mano.

—Puedes retirarte.

Ziara salió de la oficina sintiéndose como si hubiera corrido una maratón emocional. Se dejó caer en su silla. Necesitaba aire, calma… algo.

Pero lo que encontró fue lo contrario.

Su teléfono interno sonó.

—¿Sí? —respondió con voz suave.

—Trae esto a mi oficina —ordenó la voz fría de Yaniel.

Su estómago revoloteó.

—S-sí, señor.

Tomó la carpeta, respiró hondo y se acercó a la puerta.

Golpeó.

Nadie respondió.

Volvió a golpear.

Silencio.

Con manos temblorosas, abrió apenas la puerta.

—Señor López, traje la—

Se detuvo en seco.

Yaniel estaba sin chaqueta, con la camisa ligeramente desabotonada y las mangas remangadas. Estaba frente a la ventana, mirando la ciudad, con una expresión tan fría y perdida que Ziara sintió una punzada en el pecho.

Se veía roto.

Profundamente roto.

Y de pronto, él habló sin mirarla.

—Vete.

Ziara parpadeó.

—P-perdón… ¿quiere que deje la carpeta y—

—Vete —repitió él, más bajo pero más duro.

Ella dejó la carpeta en la mesa y retrocedió hacia la puerta.

Pero antes de salir, Yaniel murmuró algo que la dejó inmóvil.

—No entiendo por qué todos quieren controlarme… como si yo fuera una posesión más. Como si debiera casarme para heredar. Como si… —apretó los puños— …como si mi vida fuera una herramienta para los demás.

Ziara sintió un temblor en el corazón.

Él no estaba hablando con ella.

Pero ella lo escuchó.

Y por primera vez, lo vio como un ser humano… no solo como el CEO cruel.

Dio un paso tímido.

—Siento… que se sienta así —susurró.

Yaniel giró bruscamente, como si la hubiera olvidado.

Sus ojos se encontraron.

Un choque extraño.

Él parecía sorprendido de verla ahí.

Y Ziara… sintió su corazón acelerarse peligrosamente.

Él frunció el ceño, recuperando su máscara fría.

—Te dije que te fueras.

Ziara bajó la mirada.

—S-sí. Disculpe.

Salió de la oficina antes de meter la pata… o de decir algo que la delatara.

No sabía que, al cerrar la puerta, Yaniel quedó mirándola con una expresión inexplicable.

Como si algo en ella lo desconcertara.

Como si algo lo irritara.

O como si… no supiera cómo manejar esa sensación extraña que le provocaba la tímida, curvy, insignificante asistente que su familia quería obligarlo a tomar como esposa.

Cuando terminó el día, Ziara salió exhausta.

Justo cuando iba a guardar su bolso, recibió un mensaje de su mejor amiga Nataly:

Naty: ¿Cómo fue el día, Z?

Z: Pesado. Yaniel me odia. Todos hablan del matrimonio.

Naty: Que hablen. Y tú ignóralos. Ese trabajo es tu llave para salir de esa casa.

Z: Lo sé.

Naty: Te amo, tonta. Ya saldrás de todo esto.

Ziara sonrió débilmente.

Cuando llegó a la mansión Moretti, lo primero que escuchó fue la voz venenosa de Sophia.

—Vaya, mira quién llega —dijo desde la escalera—. ¿Qué pasó, hermanita? ¿El CEO te echó?

Ziara la ignoró.

Subió las escaleras.

Sophia la siguió.

—No sé por qué insistes en ese empleo absurdo —se burló—. Yaniel jamás te va a mirar. ¿Lo sabes, verdad? Para él eres… —le sonrió de manera cruel— …un estorbo.

Ziara no respondió.

Pero en su pecho algo ardió.

Una chispa de fuerza.

Una chispa que la mantendría adelante.

Pase lo que pase.

Porque aunque Yaniel la odiara…

Aunque Sophia quisiera destruirla…

Aunque sus padres la menospreciaran…

Ella no iba a rendirse.

Ese trabajo era solo el comienzo.

Y el destino estaba a punto de unir sus caminos con una fuerza que ninguno podría detener.

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