La mansión Moretti siempre había parecido demasiado grande para Ziara. Demasiado fría, demasiado silenciosa, demasiado llena de miradas que la atravesaban como si no existiera. Desde pequeña había aprendido a caminar sin hacer ruido, a esconderse detrás de sus enormes gafas, a cubrir su cuerpo con ropa holgada que le llegaba casi hasta las rodillas, como si así pudiera desaparecer. No porque le gustara pasar desapercibida, sino porque era más seguro.
Era martes por la mañana cuando bajó las escaleras de mármol con un pequeño temblor en las manos. Tenía la esperanza, como cada día, de que el desayuno se desarrollara sin comentarios hirientes. De que tal vez su madre adoptiva, Renata Moretti, estuviera demasiado ocupada para prestarle atención. De que su padre, Alessandro, estuviera fuera, atendiendo alguno de sus negocios.
Pero la suerte nunca había estado del lado de Ziara.
Al cruzar el comedor, Renata levantó la vista de su taza de café con esa expresión que mezclaba decepción, disgusto y superioridad. La expresión que siempre usaba con ella.
—Llegas tarde —dijo su madre entrecerrando los ojos—. Y mira cómo vienes vestida… ¿De verdad tienes pensado salir a la calle con eso?
Ziara bajó la mirada hacia su blusa ancha y su falda larga. Era ropa cómoda, sí, pero limpia y discreta.
—Lo siento, mamá. No me di cuenta de la hora —respondió con un hilo de voz.
Renata chasqueó la lengua.
—Claro que no te diste cuenta. Con ese descuido tuyo… Es increíble que no puedas comportarte como una Moretti. Pareces una… —hizo un gesto despectivo con la mano—. Bueno, ya sabes lo que pareces.
La palabra que no dijo quedó suspendida en el aire como un veneno: gorda.
Ziara sintió el pinchazo familiar en el pecho. Respiró hondo, tragándose su respuesta.
—Buenos días —murmuró, ocupando la silla más alejada, como siempre.
Alessandro estaba leyendo el periódico, pero ni siquiera levantó la vista para saludarla. Nunca lo hacía. Para él, Ziara era un recordatorio de un error. Un parche que colocaron cuando creyeron haber perdido a lo único que realmente les importaba: su hija biológica, Sophia, desaparecida cuando era pequeña.
La adoptaron “por caridad”. Eso decía Renata cuando estaba especialmente cruel.
Y ese martes no sería la excepción.
—Hoy llega Sophia —soltó Renata de pronto, con una sonrisa radiante que nunca dedicaba a Ziara.
A Ziara se le heló la sangre.
—¿S-Sophia? —atrapó el borde de la mesa—. ¿Hoy?
Renata sonrió aún más.
—Sí, cariño. Nuestra verdadera hija. La que nunca debió haberse ido. La que realmente forma parte de esta familia.
Las palabras “verdadera hija” dolieron como un golpe.
Sophia… El fantasma que siempre perseguía a Ziara. La princesa perfecta que había vivido en fotos colgadas por toda la casa, en historias que Renata contaba con lágrimas, en comparaciones constantes.
Aunque habían pasado veinte años, Renata y Alessandro nunca dejaron de buscarla… y nunca dejaron de recordarle a Ziara que ella estaba ahí solo porque Sophia no estaba.
Jamás se imaginaron que Sophia regresaría por su cuenta, hecha toda una mujer, arrogante, manipuladora y con un claro propósito: recuperar su lugar y destruir a quien había ocupado su ausencia.
Ziara apretó los puños.
—Eso es… maravilloso, mamá —mintió, mirando su plato vacío.
Renata no se fijó en la tensión en sus manos. No le importaba.
—Quiero que estés presentable cuando llegue. No me hagas quedar en ridículo.
Presentable. Significaba: invisible. Sumisa. Callada...Como siempre.
El día avanzó entre órdenes, críticas y miradas de desdén. Ziara intentó mantenerse ocupada en la biblioteca, su lugar seguro desde niña. Allí podía leer, estudiar, soñar con un mundo donde su cuerpo no fuera un insulto y donde sus pensamientos fueran más valiosos que su apariencia.
Era brillante. Extremadamente brillante. Podía resolver ecuaciones en segundos, memorizar cifras, analizar mercados financieros. Pero a su familia eso nunca le importó. La necesitaban para servirles de chivo expiatorio, no para que destacara.
Cerca del mediodía, los gritos de emoción de Renata anunciaron la llegada de Sophia.
Ziara bajó lentamente las escaleras, sintiendo cómo cada paso pesaba el doble. Cuando llegó al recibidor, ahí estaba ella: Sophia Moretti, de pie, con una sonrisa afilada y unos ojos que la diseccionaban como si fuera basura.
—Hola, hermanita —dijo Sophia con falsa dulzura.
Hermanita. Una palabra que sonaba a amenaza.
Sophia era todo lo que Renata siempre quiso: delgada, elegante, de cabello perfectamente liso y oscuro, mirada arrogante y sonrisa venenosa. Su presencia llenaba la habitación… y la hacía más pequeña para Ziara.
—Ho-hola, Sophia —contestó Ziara, acariciándose las mangas de su blusa como un escudo.
Sophia la observó de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—Vaya… Qué sorpresa. Pensé que al menos habrías intentado parecer decente para mi llegada.
Renata soltó una risita que dolió como un latigazo.
—Ziarita siempre ha tenido… dificultades para cuidar su imagen.
Sophia se inclinó hacia ella con una sonrisa malvada.
—No te preocupes —susurró lo suficientemente fuerte para que todos escucharan—. No vas a estar aquí mucho tiempo de todos modos.
Ziara sintió el estómago revuelto.
Ese fue el verdadero inicio del infierno.
En cuestión de días, Sophia tomó control absoluto de la mansión.
Se adueñó de su antiguo cuarto, de los horarios, de la atención completa de Renata y Alessandro. Y sobre todo, de la eterna necesidad de destruir a Ziara.
Cada gesto, palabra o silencio de Ziara era motivo de críticas.
Cada error que Sophia cometía… lo acusaba a ella.
Y, como siempre, Renata le creía a su “verdadera hija”.
Una tarde, después de que Sophia la culpara injustamente de romper un jarrón antiguo —que claramente había roto ella misma— Alessandro explotó.
—¡Estoy harto de tus torpezas, Ziara! —gritó—. ¿Es que no puedes hacer nada bien?
Ziara apretó los dientes, conteniendo las lágrimas.
Sophia sonreía desde la puerta.
—Quizá debería irme… —murmuró Ziara, con la voz quebrada.
Renata negó de inmediato.
—No puedes irte hasta que cumplas la mayoría de edad y formalicemos los papeles del acuerdo con la familia López.
Ziara frunció el ceño.
—¿Qué acuerdo?
Renata la miró como si fuera obvio.
—El matrimonio entre tú y Yaniel López, por supuesto. ¿No creías que ibas a vivir eternamente bajo nuestro techo sin aportar nada, verdad?
El corazón de Ziara se detuvo.
¿Yaniel López?
El hombre más rico del país. El CEO más temido. El frío, distante, cruel, roto por el abandono de Melania Grimaldi, la mujer que lo dejó horas antes de su boda.
Ziara bajó la mirada, sintiéndose muy pequeña.
—Yaniel… no me aceptaría jamás —susurró.
Sophia rió fuerte.
—Por supuesto que no. Mira cómo eres. Pero la familia López quiere unir fortunas. Y tú eres… bueno, la única opción descartable. Una pieza de negociación. Perfecta para eso.
Ziara recibió cada palabra como una puñalada.
En ese momento tomó una decisión.
Buscaría trabajo.
Ganaría su propio dinero.
Y saldría de esa casa.
Aunque tuviera que empezar desde cero.
Fue así como, días después, se presentó frente al edificio corporativo López Financial, con una carpeta llena de currículums y el corazón a punto de salírsele del pecho.
El lugar era inmenso, lujoso, intimidante.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó la recepcionista.
Ziara ajustó sus gafas y respiró hondo.
—Vengo a aplicar para el puesto de asistente administrativa.
La chica la miró de pies a cabeza, con una ceja alzada. Ziara ya estaba acostumbrada a esas miradas… pero dolían igual.
—Muy bien. Tome asiento.
Minutos después, un hombre joven apareció.
—La señorita Moretti… el CEO quiere entrevistarla personalmente.
Ziara sintió cómo la sangre le abandonaba la cara.
El CEO...Yaniel López...
El hombre del que había estado secretamente enamorada desde que lo vio por primera vez en una fiesta de empresarios. Inalcanzable, perfecto, cruel.
Y ahora… la esperaba.
—¿Está lista? —preguntó el asistente.
Ziara tragó saliva.
—S-sí…
Mientras caminaba hacia la oficina principal, sintió el peso de su ropa holgada, la inseguridad clavada como espinas, el miedo de que Yaniel la mirara con el mismo desprecio que su familia.
Las puertas se abrieron.
Y ahí estaba él.
Alto. Imponente. Traje negro impecable. Mirada helada. Expresión arrogante. Una presencia que lo dominaba todo.
Yaniel levantó la vista… y la expresión de disgusto fue inmediata.
—¿Tú? —espetó como si fuera un mal chiste—. ¿Qué hace la hija de los Moretti aquí?
Ziara sintió cómo el piso se movía bajo sus pies.
—Estoy… buscando un trabajo —dijo con la voz más firme que pudo.
Yaniel rió sin humor.
—¿Tú? ¿Trabajar aquí?
Se levantó de su asiento y se acercó despacio, estudiándola con fría superioridad.
—Sabes que tu familia está presionando para un matrimonio, ¿verdad?
Ziara bajó la mirada.
—Lo sé, señor López. Pero yo no… yo no vine por eso.
Yaniel la observó, entrecerrando los ojos.
—Entonces, ¿por qué viniste?
Ella respiró hondo.
—Porque quiero valer por mí misma.
Algo en su respuesta lo sorprendió por un instante… pero la máscara volvió.
—Muy bien —dijo finalmente—. Empezarás mañana.
Ziara parpadeó.
—¿De… verdad?
Yaniel se encogió de hombros.
—Necesito a alguien que haga el trabajo sucio. Y tú… pareces acostumbrada a eso.
El comentario cayó como un golpe directo al pecho.
Pero Ziara sonrió débilmente.
—Gracias… señor López.
Mientras salía de la oficina, todavía temblorosa, Yaniel la observó desde la ventana.
—Ridícula —murmuró con desprecio.
Sin saber que el destino acababa de sellar sus vidas para siempre.
Porque ese simple empleo… era el primer paso hacia un matrimonio secreto.
Hacia una guerra de humillación y deseo.
Y hacia un amor que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.