La ciudad ya no le resultaba ajena a Ziara, no era hogar todavía, pero había dejado de ser territorio desconocido.
Los semáforos, los cafés, el sonido del tranvía por las mañanas… todo empezaba a encajar en una rutina que no dolía, una rutina que no exigía explicaciones ni sacrificios invisibles.
Ese lunes llegó a la oficina antes que la mayoría, le gustaba ese momento de silencio previo al movimiento, cuando el edificio aún no reclamaba decisiones ni resultados,dejó el abrigo, encendió su ord