Ziara entendió que había cruzado un umbral el día en que dejó de explicarse a sí misma por qué tomaba decisiones.
Ya no necesitaba justificar su ambición, su distancia, ni su silencio, el proyecto internacional avanzaba con una velocidad exigente, casi voraz, y ella respondía con una claridad que sorprendía incluso a quienes la habían elegido para liderarlo.
No porque dudaran de su capacidad sino porque no esperaban firmeza sin arrogancia.
La nueva ciudad la recibió con una agenda implacable, r