Ziara se sentó al borde de la cama sin desvestirse.
El silencio de la habitación era espeso, casi físico, como si el aire se hubiera vuelto más denso después de aquella noche. No lloró. No apretó los puños. No se permitió el lujo de desmoronarse.
Había pasado esa etapa.
Durante años, el dolor había sido ruido: un nudo en la garganta, un temblor en las manos, la necesidad constante de agradar, de explicarse, de justificarse. Pero ahora no gritaba.
Ahora pensaba.
Pensaba con una claridad que la a