El sol apenas comenzaba a iluminar la ciudad cuando Ziara abrió los ojos. El despertador sonó, pero no necesitaba mirarlo: su cuerpo estaba listo, su mente en alerta máxima.
El compromiso ya estaba firmado. El destino ya había colocado su nombre y el de Yaniel en la misma hoja. Pero ella no estaba dispuesta a ceder, ni siquiera un milímetro. No después de tantos años de humillación, de silencios, de burlas.
Se levantó lentamente de la cama, estirando los brazos, y se acercó al espejo. Sus ojos