Cuando volví para llevarlos a casa, esperaba que Firenze estuviera emocionada. Pero en lugar de eso, su expresión era neutra, casi ausente. No tardé en entender que era el agotamiento de cuidar a nuestro pequeño recién nacido.
—Fire, ¿cómo estás? Los he extrañado —dije con una sonrisa forzada, pero no obtuve respuesta.
La maternidad no era como la imaginaba.
—Aún no he podido… —murmuró, pero no terminó la frase.
—Pero es lo que querías, no te puedes quejar —solté, intentando sonar gracioso. Err