Los primeros días de nuestro matrimonio fueron una tregua. Firenze parecía feliz. Me aseguré de que no le faltara nada, de que estuviera cómoda, de que cada noche se sintiera segura en mis brazos. Verla despertar a mi lado, con su vientre creciendo y su sonrisa adormilada, me hacía sentir que todo estaba en su lugar. Sus dudas sobre mi lealtad se desvanecían.
Habíamos establecido rutinas: mientras yo salía a correr por las mañanas, ella tomaba clases de yoga prenatal. Luego, la buscaba para vol