En la sala de reuniones, Firenze ya estaba sentada, revisando los documentos con su habitual precisión. Sus dedos se movían con destreza al pasar las páginas, marcando con un bolígrafo algunas anotaciones en los márgenes. Su expresión, seria y concentrada, era el reflejo de su ética de trabajo. Ni siquiera levantó la vista cuando entré, como si mi presencia no fuera lo suficientemente importante como para interrumpir su enfoque.
—Proponen recortar el plazo de entrega en tres semanas e incluir