La música llenaba el ambiente, y las luces parpadeaban en un espectáculo de colores que intentaban contagiar alegría. Pero yo no podía apartar mis ojos de Firenze. Se veía increíble, como siempre, pero había algo en su postura, en la forma en que evitaba cruzar miradas conmigo, que me frustraba aún más.
Decidí acercarme cuando la vi sola en la barra, con una copa en la mano. El camino hasta ella pareció eterno, como si cada paso estuviera cargado de dudas y resentimientos.
—¿Disfrutando de la