—Cuando estabas en secundaria, en un momento crucial antes de la preparatoria, me negué a dejar entrar a esa mujer en casa, protegiendo tu posición como nieto legítimo, impidiendo que el hijo bastardo de la amante entrara en el templo ancestral de los Cárdenas —comenzó Eduardo.
—¿Y tú? ¡Al crecer te has convertido en la viva imagen de tu padre! ¡De tal palo, tal astilla!
Estas palabras no contenían ninguna vulgaridad, pero para Lorenzo eran lo más hiriente que podía escuchar, lacerando su corazó