Lorenzo se animó a sí mismo y comenzó a comer. Con el primer bocado de costilla asada casi se desmayó de placer, alcanzando el máximo nivel de felicidad y satisfacción.
Escuchando cómo aumentaba la velocidad al comer, cualquiera pensaría que era un cerdo devorando la comida. Marisela lo miró de reojo con una expresión de evidente desprecio.
Lo que antes le gustaba tanto, ahora le repugnaba, pero seguía dependiendo temporalmente de él, en posición de subordinada.
Tres platos con un tazón de arroz