—Basta, no quiero oír tus excusas, no tengo tiempo para perderlo contigo —interrumpió el hombre groseramente.
—Aunque tienes cierto encanto, las que se ofrecen tan fácilmente pierden todo su valor, y eso no me interesa —añadió con frialdad antes de darse la vuelta para marcharse.
Marisela se quedó en su sitio, mirando fijamente su espalda mientras se alejaba, con los puños apretados de rabia.
¿Por quién la había tomado? ¿Por una prostituta que fingía caerse para ligar?
Y ni siquiera le había pre