Lorenzo azotó la puerta con fuerza y se dirigió a la cocina, mirando la comida que había traído. Le pareció ridículo y, furioso, la arrojó toda a la basura.
Sacó su teléfono y marcó tres veces, pero nadie contestó. Estaba a punto de enfurecerse cuando recordó que el celular de Marisela estaba descompuesto.
Lorenzo dejó de intentar, con una expresión fría en el rostro, y regresó a la habitación principal para ducharse y prepararse para dormir.
—Que se vaya al diablo, si se muere no es mi problema