—¿Qué pasa, Lorenzo? —Isabella se incorporó, abrazándolo por la cintura.
Lorenzo apartó sus manos y respondió con voz ronca: —Lo siento, me propasé. Descansa.
Salió apresuradamente, casi huyendo del lugar.
—¡Lorenzo, Lorenzo! —Isabella lo siguió, pero cuando abrió la puerta, el pasillo ya estaba vacío.
Apretó los labios, sus uñas clavándose en el marco de la puerta, con una mirada llena de rencor.
En el estacionamiento subterráneo.
Lorenzo subió al auto, pero su mirada permanecía perdida, todaví