—No hay prisa. Regresamos primero a la habitación y yo te ayudo a aplicar más el ungüento —dijo el hombre.
La pequeña cara de Celeste ya se puso tan roja como un tomate.
¡¿Cómo podía ese hombre tener la caradura de decir esas palabras?!
—No necesito tu ayuda, ay, ¡mejor vete a la oficina!
Sin querer, Celeste vio a Andrés parado en el jardín mirando la hora, con prisa pero sin atreverse a entrar a apurarlo. Así que ella lo empujó suavemente en el pecho y lo urgió:
—Rápido, Andrés te está esperand