La cena había sido deliciosa, y el vino había corrido con fluidez. Rodrigo había puesto todo su corazón en cada detalle. La mesa estaba llena de velas, y la música suave creaba un ambiente íntimo y acogedor.
Después de la cena, Rodrigo se levantó y me ofreció su mano. "Vamos a disfrutar del atardecer", dijo, con una sonrisa.
Me llevó al jardín, donde había preparado un lugar especial. Había una manta suave extendida en el césped, y una botella de vino enfriándose en un balde con hielo. La vista del atardecer era impresionante, y el cielo estaba lleno de colores rosados y naranjas.
"Es hermoso", susurré, sintiendo la mano de Rodrigo en mi cintura.
"Me alegra que te guste", respondió, acercándome a él.
Nos quedamos un largo rato allí, disfrutando del silencio y de la compañía del otro. La noche era cálida y perfumada, y sentí que estaba en el lugar perfecto.
Finalmente, Rodrigo se levantó y me tendió la mano. "Vamos a casa", dijo, sonriendo.
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